En el barrio Monserrat del centro porteño de la ciudad de Buenos Aires (Argentina) vive desde junio pasado Felipe Villares, estudiante ecuatoriano que volvió de Ucrania.

El Obelisco, la Catedral, Plaza de Mayo y la casa presidencial están cerca.

Sigue el preuniversitario en la Universidad de Buenos Aires (UBA), que dura cuatro meses y en el que debe aprobar seis materias hasta diciembre. Su horario es variado.

Con ese aval podrá estudiar Medicina, carrera que por el conflicto con Rusia no pudo seguir en Ucrania.

De 19 años, vive solo en un departamento por el que paga 50.000 pesos, alrededor de $ 200, aunque depende del tipo de cambio del día. Se ha adaptado rápidamente al ritmo de vida.

Destaca la facilidad para transportarse —la parada para tomar el bus queda a una cuadra—, la cercanía de la universidad y la alimentación, así como la ventaja que es tener dólares y el cambio que obtiene por pesos. Tiene una residencia temporaria.

 

La Senescyt le planteó dar el Test Transformar y otorgarle 20 puntos, pero no le convenció.

“Lo que estaba buscando eran opciones, de lo de la contingencia, pero también universidades en Ecuador, en el ámbito privado, y también teniendo en cuenta… Ojalá pueda regresar a Ucrania, pero lo de Ucrania lo vi muy muy muy difícil”, dice Villares acerca de por qué prefirió nuevamente irse del país.

Brandon Velasco forma parte de un grupo de 41 estudiantes que corresponden a ciudadanos ecuatorianos que estaban cursando estudios para ser pilotos o de áreas relacionadas en Ucrania.

Llegó al Ecuador en el tercer y último vuelo humanitario, que fue organizado por el Gobierno luego de que estalló el conflicto con Rusia, en marzo pasado.

Estudiaba Ingeniería en Aviación. Junto con su madre, Daysi Gómez, esperaba que el Gobierno los pudiera ayudar con becas o créditos a bajo interés fuera del país. Velasco decidió nuevamente dejar Ecuador, esta vez para ir a Hungría.

“Lamentablemente aquí no nos supieron ayudar de la manera que nos dijeron, pero en especial al grupo de chicos de Aviación”, indica su mamá.

Les habían dicho que la manera de ayuda era que se cambiaran de carrera o que los iban a ayudar con créditos educativos.

“Ninguno se dio, así que mi hijo se volvió a ir con la certeza de seguir su carrera en otro país”, agregó.

Mientras que Velasco regresó al exterior la semana pasada, pero ahora a Hungría, Ariel Ayo, quien tenía entre sus planes ser piloto, decidió estudiar Economía también en Argentina, país al que partirá a finales de enero del 2023.

Familiares se rencontraron el 4 de marzo con sus allegados, en el aeropuerto internacional Mariscal Sucre, en el primer vuelo humanitario proveniente de Ucrania. EFE/José Jácome Foto: EFE

Nancy Oña, la madre de Ariel, sostiene que desde la Senescyt no han recibido ninguna ayuda.

“A todos los chicos que estudiaban y fueron a estudiar para pilotos comerciales e Ingeniería en Aviación les indicaron que no pueden hacer nada por ellos, ya que es una carrera que no está reconocida en el país”, expresa Oña.

Tampoco, indica, los pudieron apoyar con créditos en entidades financieras, debido a que no es una carrera universitaria.

En Ecuador averiguaron que el costo de una carrera de piloto es de $ 42.000, y debían cancelar $ 1.800 mensuales.

Para su viaje al sur del continente necesitarán $ 2.500, y han estimado enviarle de $ 250 a $ 300 mensuales, que sería el mismo monto de dinero que le enviaban a Ucrania.

Antes de su desplazamiento, Ariel, de 19 años, estudia un curso de inglés.

“Nosotros como padres, la verdad, sí sentimos igual una frustración, al igual que él”, dice su progenitora.

 

Alejandra Yépez, subsecretaria de Fortalecimiento del Talento Humano de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt), indica que estudios para ser pilotos o de áreas relacionadas no existen en la oferta académica nacional.

En ese caso, explica la funcionaria, no se puede hacer una convalidación u homologación de estudios, pero desde la Senescyt se ofrecían dos alternativas: iniciar estudios en una nueva carrera o aplicar a programas de becas de ayudas económicas.

Pero el sueño de ser piloto de Ariel Ayo solo ha sido postergado, pues entre los planes familiares está que, tras terminar la carrera, seguirá un curso corto de seis meses en Ecuador.

“Volvió a ser el chico que era (…). Cuando él regresó, era muy difícil hablar con él”, cuenta Nancy, en tanto que hay alegría en Daysi porque el sueño de su hijo no se ha desvanecido.

“Me siento muy muy feliz (…). No vi la posibilidad de que mi hijo se cambie de profesión, de carrera, porque ese es su sueño”, dice Daysi Gómez, con nostalgia. 

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