Los latidos retumban en la angosta sala. Es un sonido acelerado, enérgico, continuo.

Ese eco anuncia que el bebé de Andrea (nombre protegido), pronto estará en sus brazos. Pero lejos de causarle alegría, en su rostro hay miedo.

Una cinta rodea su abultado vientre. Recostada en una camilla sostiene con su mano el pulsador del monitor fetal, que debe presionar cada vez que sienta una contracción. Andrea aún no cumplía 15 años.

En el 2019, un estudio del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) reveló que cada día cinco niñas menores de 14 años y 136 adolescentes de 15 a 19 años se convertían en madres en Ecuador.

Francisco Plaza, analista de temas de salud pública, agrega otras cifras que reflejan el impacto de esta problemática en el país. “La tasa mundial es de 50 por cada 1 000 adolescentes. Ecuador tiene una tasa de 130, la más alta de Latinoamérica”, asegura.

Sus causas y consecuencias están asociadas a múltiples factores. Cuando un embarazo ocurre entre los 10 y 19 años, generalmente no es deseado y casi siempre se origina de situaciones de violencia.

 

El riesgo durante el parto es elevado para la madre y para el niño; la morbimortalidad materno fetal se duplica en estos casos. Y en su evolución, los bebés pueden padecer desnutrición crónica. Estos son solo algunos factores de riesgo.

“Una adolescente no es apta para la gestación, porque no ha madurado psíquica ni físicamente”, dice Plaza. En el mundo, cada 26 de septiembre se recuerda el Día de Prevención del Embarazo en Adolescentes.

Siete provincias con cifras elevadas

Un diagnóstico del Ministerio de Salud Pública (MSP) focaliza el problema en siete provincias de la Amazonía y la Costa: Pastaza, Morona Santiago, Zamora Chinchipe, Manabí, Guayas, Los Ríos y Esmeraldas.

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En el hospital básico de Daule (Guayas), donde Andrea tuvo a su bebé, la atención de adolescentes es constante. Durante su guardia, la obstetra Teresa Medina se encarga de los monitoreos y de programar las cesáreas, porque la mayoría de pacientes no está lista para un parto normal.

La notificación de los embarazos en adolescentes es parte de los protocolos del MSP. Los médicos deben llenar fichas con el apoyo el personal de psicología y hacer reportes a la Fiscalía para investigar casos de violencia.

Los sicólogos dan acompañamiento emocional a las pacientes, pero también trabajan en la prevención de un segundo embarazo. Otro enfoque preventivo apunta a las comunidades rurales, donde la violencia de género pasa desapercibida.

“En los recintos es más naturalizado que desde muy niñas tengan parejas sexuales. Lo que hacemos es sensibilizar a la ciudadanía con charlas y conversatorios dirigidos a los adolescentes y sus familias para que tengan un llamado de alerta, que no vean esta situación como algo común”, explica la psicóloga clínica Estela Pasquel.

En el 2012, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) advertía que ocho de cada 100 menores de 14 años quedaron embarazadas de personas mayores de 30 años. El 80% de los embarazos a esa edad fue resultado de violencia sexual y se identificó que la mayor parte de agresores es parte del círculo familiar cercano: padres, hermanos, tíos, amigos, vecinos y conocidos.

Adolescencia y consumo de drogas, una mezcla de alto riesgo

Sus abrigos ocultan los meses de embarazo. Por los pasillos del Centro de Tratamiento Primario de Desintoxicación para Mujeres, del Municipio de Guayaquil, han pasado más de 9 000 pacientes que luchan contra la adicción a las drogas. Muchas comenzaron el consumo a temprana edad; muchas quedaron embarazadas en su adolescencia.

Carla (nombre protegido) tenía 14 años cuando todo empezó. “Deambulaba en las calles con mi pareja, adicto a la heroína. Dormíamos en la calle, yo le robaba a mis padres para conseguir dinero y hasta me prostituía para seguir consumiendo”. La madre de dos pequeñas pasó por un tratamiento que le abrió paso a la reinserción social.

La encuesta de Uso y Consumo de Drogas en Estudiantes, elaborada en 2016, concluyó que la edad de inicio de consumo es a los 14 años. La marihuana es la primera sustancia, mientras que el uso base de cocaína comienza a los 15 años, en promedio.

En el país no hay datos actualizados para medir el impacto de otras sustancias como la H, que incluye dosis mínimas de heroína y que concentra un problema de salud pública en ciudades costeras como Guayaquil.

La psiquiatra Julieta Sagnay, líder del programa Por un futuro sin drogas de la Alcaldía, ha tratado los múltiples daños de la H, desde afectaciones cognitivas hasta embarazos de algo riesgo. La terapia que aplican en el centro municipal incluye medicación para frenar el síndrome de abstinencia neonatal, por la exposición del bebé en el vientre a sustancias altamente adictivas.

Plaza recomienda ver la problemática del embarazo adolescente de manera integral y tomar medidas como políticas públicas. La educación dirigida a niños y adolescentes en salud sexual y reproductiva es una de sus recomendaciones. A esta suma la planificación familiar, adecuada y oportuna, con información clara sobre métodos anticonceptivos.

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