La semana que viene es clave para la gobernabilidad y la reconciliación del Ecuador. Para la democracia. Se acerca el cierre de las mesas de diálogo en el que intervinieron el Gobierno y sectores del movimiento indígena. Se avecina un momento de catarsis en el que el país entenderá si todo el esfuerzo ha valido la pena.

Se podría establecer a priori un cúmulo de intenciones sesgadas de parte y parte. Sin embargo, el solo hecho de que el país haya salido de una crisis tan prolongada como la de las manifestaciones de junio, con 18 días de paralización social y económica, es ya un alivio. Que los diálogos hayan durado más que las protestas es un claro síntoma de que finalmente en el Ecuador se puede dejar la confrontación. ¿Es así?

Un diálogo de negociación política tiene como componente esencial que ningún bando debe ceder, porque eso significaría ir con una pistola en la sien a la mesa de acuerdos. La técnica consiste en que una de las partes conceda ciertos puntos para que, con ese ejemplo, el otro también lo haga. Entonces, hay equilibrio. Hay diálogo. Hay política de la buena.

A lo largo de este proceso de diálogo han salido más al conocimiento de la opinión pública las grandes concesiones que ha hecho el Gobierno. Pero hay que tener en cuenta que el sector indígena finalmente ha concedido en varios aspectos. Se entiende que ya en el razonamiento de los acuerdos se han tejido relaciones de discernimiento para salir con resultados óptimos.

Pero también el país no puede creer que el cálculo político, del beneficio personal, no ha dejado de rondar. O que la desidia de la maquinaria estatal deje los acuerdos en un archivo arrumado en un ministerio o en el sistema de registro electrónico sin ningún análisis. Quizás esos son los peligros que enfrenta el diálogo: que los líderes sectoriales se vean sin conflicto que los mantenga en su sitial de poder o que la lenta burocracia haga su trabajo.

Ecuador estará atento a cada una de las acciones de los dos partes. El futuro del país depende de que se cumplan los acuerdos. Es tiempo de sentar democracia y trabajar.

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