FAMILIAS FRENTE AL ALCOHOLISMO.

¿Ha sido afectada su vida por la bebida de otra persona? Esa es la primera pregunta que los grupos de apoyo Al-Anon y Alateen hacen a padres, hermanos, cónyuges, hijos y amigos de alcohólicos. Es válida incluso si el bebedor ha dejado el hábito o ya no viva con la familia. Es válida aun si la persona ya está en recuperación.

Ambos grupos, el primero para adultos y el segundo para menores, se describen como grupos de apoyo espiritual, basados en los doce pasos, doce tradiciones y doce conceptos de Alcohólicos Anónimos, organización con la que están ligados. Su propósito es dar consuelo a los familiares.

Para esto, ellos deben aceptar primero lo siguiente:

“Cualquiera que haya tenido que vivir algunos años con un alcohólico lleva un peso superior a sus fuerzas. Están destinados a volverse complicados y neuróticos. No lo pueden evitar”,

reza el discurso de bienvenida a los grupos, escrito por Bill W., cofundador de A. A. No es un grupo de psicoterapia, sino de terapia vivencial.

Una enfermedad familiar

Se podría pensar que al separarse del alcohólico, sea poniendo distancia o por muerte, los problemas terminarán. Eso pensó Elsa, quien vivió 50 años con el alcoholismo de su esposo. “Pero esta es una enfermedad es por vida y de familia. Mis hijos están afectados desde mi vientre”. Uno de ellos, empresario de lunes a viernes, es un bebedor compulsivo de fin de semana.

Elina, por su parte, llegó a los grupos después de haberse separado de su esposo alcohólico, tras haber reconocido que su vida y la de sus hijos habían sido permanentemente afectadas aun cuando ya no estaban con él. Según la experiencia de Al-Anon, de cuatro a cinco miembros de cada familia sufren las consecuencias, incluido el alcohólico.

Pero los grupos de apoyo también aseguran que por más difícil que sea una situación, todo puede atenuarse cuando se acepta que el alcoholismo es una enfermedad y que la familia no puede evitar sus efectos. “Solo así podemos ayudar a los demás”, comparte Elina.

Una falsa alegría

A diferencia de las drogas no legales, el alcohol se asocia con la celebración y la socialización. Alma recuerda que cuando conoció a su esposo, la emocionó que a él le gustara beber. “Yo decía: ¡Va a congeniar con toda mi familia! Yo lo veía natural. Me había criado en un hogar alcohólico”.

Cuando aceptó la invitación a una reunión de Al-Anon, se sintió identificada con las experiencias de los demás. Reconoció que la enfermedad no había empezado con el alcoholismo de su esposo, sino en su niñez. “Si me caso con un alcohólico, es porque vengo de una familia alcohólica”, afirma, “pero no me doy cuenta sino hasta llegar al grupo”.

A partir de entonces, dice Alma, gradualmente dejó de tomar antidepresivos. “Ahora tengo consciencia de que tengo un problema y de que mis hijos también están afectados, y lo llevarán a una próxima generación. El entorno está contaminado”.

Al relatar sus experiencias de manera anónima en el grupo, las familias se identifican y encuentran consuelo. “En mi caso, era mi hija”, dice Fabia, actual madrina en Alateen. Buscó profesionales de salud mental “para que le arreglen la mente, porque no sabía qué le estaba pasando. Lo que pasaba es que empezó a beber desde temprana edad, porque ella era tímida y yo muy exigente. Se transformó en otra persona”.

En Al-Anon, recuerda Fabia, encontró comprensión. “Nadie te da consejos. Te escuchan y te entienden, porque han pasado por lo mismo”.

El programa

¿Cuál es el límite entre el bebedor social y el bebedor enfermo? “Cuando yo empiezo a tener problemas por la manera de beber de otra persona, se enciende una luz de alarma”. No importa cuán pequeño sea el problema, prosigue Alma, son las primeras señales de una enfermedad incurable, progresiva y mortal. 

¿Por qué ir al grupo? “Porque no toda la culpa de lo que pasa es del alcohólico, yo tengo parte de la responsabilidad. Si no hubiese ido a curarme de mi mal, ¿cómo ayudar a mi familia?”.

Puede ser que la familia asista pensando que encontrará allí ayuda para quitarle el alcoholismo a su familiar enfermo.

“Aquí nos enseñan a enfocarnos en nuestra propia recuperación y a no culpar a los demás”.

Al-Anon, indica, es un programa de recuperación personal. “Dejamos afuera el apellido, el título, y decimos: Yo soy X, esposa de alcohólico. Esa es la realidad en ese momento, y trabajo, aprendo y sigo los pasos para mí”.

El alcohol sigue teniendo ramificaciones incluso cuando el consumo cesa. “La sobriedad causa problemas. Mi esposo paró de beber once años, pero no fue a un grupo de apoyo, solamente ‘tapó la botella’”. Vivió la abstinencia en soledad. “Unos se van al juego, a la infidelidad. Él se fue a la comida y a la religión”.

Reaprender el afecto

Otro de los aspectos del grupo es dejar los conceptos de afectividad que alimentan el problema del alcoholismo: la neurosis, la permisividad, el excesivo control.

“El programa te da la fortaleza para tomar decisiones”, explica Fabia. “Amor y firmeza. Tenemos un lema: Suelta las riendas y entrégaselas a Dios”. Ella y Alma han tenido que excluir a los alcohólicos de las casas por romper las reglas familiares. “Cuando mi hija se fue, yo sentí que me sacaban la piel. Comprobé que así la amarrara, ella no iba a hacer lo que yo quería, ella iba a hacer lo que su enfermedad le ordenaba”.

En el alcoholismo se dice que el enfermo solo busca ayuda cuando toca fondo. Para las familias funciona igual. “En el grupo se queda quien llega desesperado, habiendo gastado todos los recursos”. En su caso, económicamente agotada.

Para la familia puede ser muy difícil abstenerse de reprender o cuidar del alcohólico. La postura de Al-Anon es que la mejor forma de ayudar es tomar la firme determinación de no protegerlo de los resultados de la bebida. Si el alcohólico siente que puede depender de alguien para salir de apuros, no tendrá suficiente incentivo para esforzarse. Pues para recuperarse, enfatiza el grupo, tiene que desear la sobriedad por sí mismo.

Los padrinos del programa le explicaron a Fabia que tenía que ser la persona enferma quien la buscara a ella, no al revés. “Cuando venga, recíbela, y nunca le niegues un plato de comida. Pero nada más”. Ahora sigue el programa por agradecimiento, “para dejar las puertas abiertas a toda madre que llegue desesperada, como un día yo llegué”.

Pero también se queda por sí misma. Los problemas, dice Fátima, no terminan cuando un hijo deja de beber. “Yo estoy contagiada, yo tengo problemas para relacionarme, y si me descuido de mí, me engancharé con cualquier otra cosa”.

Cambiar control por fortaleza

Una de las cosas que se aprenden en los grupos de apoyo, a más de compartir, es delegar. “Aquí no manda nadie, sino Dios, el poder superior”, dice Alma. Los demás se alternan mensualmente para coordinar.

El programa sugiere que haya padrinos y madrinas con los que sea posible desahogarse, pues esto no se hace durante las reuniones. En ellas se puede hablar de lo personal, pero es necesario enmarcarlo siempre en los pasos que se está siguiendo para crecer, pues el propósito no es generar miedo entre los asistentes, sino fortaleza para tomar decisiones. 

Los padrinos son personas escogidas que siguen por un proceso de formación para poder dar asistencia confidencial a los recién llegados o a los que están pasando por alguna crisis en su proceso de restablecimiento.

Seis lemas para recordar

La frase más conocida de Alcohólicos Anónimos es ‘Un día a la vez’. Esta también se aplica a los grupos de apoyo. Va acompañado de el anteriormente mencionado ‘Suelta las riendas’.

A estos se suma ‘Primero las cosas más importantes. Gran parte de la confusión y frustración se debe a no tener prioridades claras. Al-Anon también se rige por ‘Vive y deja vivir’.

La principal ocupación de cada persona es su conducta, su mejoría y su vida.

Las familias quieren cambios lo más pronto posible, por tanto aprenden también: ‘Hazlo con calma’. El programa no es magia, sino una filosofía de vida, que sigue cada paso sin prisa.

Finalmente, los grupos cierran sus sesiones con gratitud. ‘Por la gracia de Dios’ evita el resentimiento y la amargura contra la persona alcohólica y la carga que la enfermedad conlleva, y hace posible la recuperación.

¿Dónde acudir?

En Guayaquil hay diez grupos que se reúnen en horarios diferentes, con asistencia fluctuante. En esto último inciden el desconocimiento y la negación a la problemática: se piensa que quien tiene el problema es el que consume, y que eso no tiene por qué afectar a los que viven con él. Si desea saber más o asistir a una reunión de Al-Anon y Alateen en Guayaquil llame al 601-1758 y 099-941-3311 o escriba al e-mail alanon_gye@hotmail.com. En Quito, llamar al 02-257-0692.

“Dejamos afuera el apellido, el título, y decimos: Yo soy X, esposa de alcohólico. Esa es la realidad en ese momento, y trabajo, aprendo y sigo los pasos para mí”. Al-Anon

Fuente: eluniverso.com

Deja tu comentario