GOLPE A GOLPE SE MOLDEA LA PIEDRA EN RUMIHURCO

Los picapedreros se dedican a este oficio transmitido por décadas, para ello utilizan la roca andesita. Sin embargo, las nuevas generaciones ya no quieren aprender este arte.

Para las hábiles manos de los artesanos la piedra no tiene secretos, ni aparentemente dureza, pues con el cincel y el martillo le dan formas, la moldean y la transforman en piezas de arte que reflejan la creatividad y la fuerza de los obreros.

Manuel Sibri, de 58 años, es uno de los artesanos que tallan la piedra. Trabaja junto con sus dos hijos en su taller “Roca Dura”, ubicado en el sector de Rumihurco, a un kilómetro de la parroquia Javier Loyola, de Azogues.

Recuerda que empezó en este oficio a los 16 años: “Aprendí en un taller con un maestro antiguo, al principio era difícil porque es un trabajo tosco y sacrificado y es bastante laborioso moldear la piedra”.

Sin quitar la mirada del pilar que está esculpiendo, el obrero lamenta que este oficio se esté perdiendo porque la juventud ya no quiere aprender. “En este trabajo quedamos los que tienen mi edad o más, pero los jóvenes de menos de 20 años ya no quieren dedicarse a este oficio”, dice.

 

Experiencia

Cubierta la cabeza apenas con un sombrero, Manuel se ha acostumbrado a laborar sin mayor protección, pese al polvo o a las esquirlas que saltan mientras va picando. Esto lo atribuye a su experiencia. Por otra parte, el hombre recuerda  que hace algunos años tenía en exhibición al aire libre diversos modelos e imágenes talladas; sin embargo, manifiesta que ahora las hace únicamente bajo pedido.

“El tallado es laborioso y se demora. Cuando es bajo pedido se hacen las figuras, pero lo que sí hacemos siempre son pilares, piletas y piedras para fachadas”, subraya.

Un toro pequeño cuesta entre 300 o 400 dólares. “Demora casi una semana y ya trabajado hay que vender en ese precio sino no se gana nada”, asegura el hombre, quien labora con su hijo Jorge, de 37 años.

Él se dedica a este arte desde que tenía 11 años de edad. De la mano de su padre aprendió a hacer gallos, caballos, perros, leones, diosas, ángeles, cristos, cruces, lápidas y lo que “el cliente pida, nos trae una foto de lo que quiere y aquí le hacemos”.

En Rumihurco, una pequeña parroquia del cantón Azogues, se encuentran los talleres de los obreros que esculpen la piedra “andesita”, que se extrae de la cantera del cerro Cojitambo. Están ubicados en la panamericana en ambos márgenes de la carretera. Su significado en kichwa es “Rumi” (piedra), lugar sagrado, piedra sagrada y “Urco” (cerro).

 

Labor

Para tallar la roca no hay técnicas ni se emplean moldes, lo que cuenta es la habilidad y la precisión, todo se hace sobre la base de golpes, con las puntas o cinceles, el martillo, el combo, la busarda y para los cortes utilizan la amoladora. Usan también lápiz, el metro y una escuadra.

“Lo que los albañiles llaman combo, nosotros lo llamamos martillo”, dice don Manuel. Otra de las herramientas que emplean los obreros es la busarda, que en la superficie de percusión tiene unos gradiantes o dientes que sirven para pulir la piedra y darle el acabado final con una textura particular.

 

Un trabajo arduo

Los precios de las esculturas varían de acuerdo con el tamaño y el modelo, ya que de esto depende también el tiempo de acabado. Pueden costar desde 100 dólares y sobrepasar los 2.500 dólares.

José Alberto Tenesaca labora con la familia Sibri. Cubierta la cabeza con una camiseta con apenas los ojos visibles, trabaja en el moldeado de un par de toros, aunque el primero ya lo ha terminado. Esta labor le tomó cinco días.

“El segundo toro debo hacerlo con medidas para que queden iguales”, indica Tenesaca, de 26 años, que utiliza la memoria como la  herramienta más importante.

Hace 10 aprendió este ofició haciendo primero bases y columnas. “Después empecé a elaborar figuras por pura habilidad”, cuenta.

Entre las obras que ha hecho está el dios hindú Shiva, que tiene varios brazos, y variedad de figuras humanas y animales de todos los tamaños.

Deja tu comentario