La emoción obligada y preponderante es la nostalgia. Pero no la nostalgia tangencial, distante, estoica. Si uno es amante del tenis, si uno es amante del deporte, o si uno aprecia con cierta sensibilidad las posibilidades y los dones del cuerpo humano, la noticia del retiro de Roger Federer desata una nostalgia nuclear y próxima. Quizá la cualidad fundamental de esos a los que llamamos leyendas sea justamente esta: que, al darle cierre a su ficción, al anunciar el retiro, un ordinario periodista bogotano sienta un marcado vacío en el pecho mientras intenta asir el artículo que le han encargado sobre un suizo al que solo vio por televisión en incontables madrugadas.

Se es leyenda solamente si se logra injerir en el fuero interno, en el ánimo y en el corazón, de millones de tipos del común que al saber de la noticia fatídica sienten que algo en ellos se retira también, que se pierde, que se extingue.

Y es que Roger Federer es desde hoy, oficialmente, una isla pérdida. Quienes lo pudimos disfrutar desde el comienzo hasta el final, a pesar de tener claro que gracias a la tecnología y la era del social media toda su carrera está registrada, documentada, “inmortalizada”, sabemos, porque lo sentimos, que claudicó el refugio -estético, animal, religioso- que era sentarse a verlo desplegar su oficio. Sabemos que nunca más, al menos no mientras estemos vivos, el tenis volverá a emanar un prodigio semejante.

Reconocemos que más allá de la euforia que las últimas dos semanas provocó la nueva generación, encabezada por ese animal mitológico llamado Carlos Alcaraz, nuestros ojos no han de ver de nuevo que en una cancha de tenis conjuguen tan armónica y sinuosamente la eficacia y la simpleza, la inteligencia y la intuición, la elegancia y el brío, la lucidez y la entrega, el derroche técnico y el intelecto.

Su retiro, y acá otra de las cualidades fundamentales de las leyendas, se expresará como una sombra latente en el circuito, hasta que el tenis deje de llamarse tenis. Cada vez que un tenista de élite se arroje a jugar con revés a una mano lo hará bajo la sombra del revés a una mano de Roger, patente de la perfección absoluta. Cada vez que un tenista en gracia sea capaz de sortear un punto crucial con virtuosismo y estoicismo, se le comparará necesariamente con el suizo. Cada vez que un jovencito con arrojo y con talento, digamos Alcaraz, digamos Casper Ruud, digamos Jannik Sinner, logre arraigarse en la cima, se le hará saber que Federer duró 237 semanas consecutivas como número 1. Cada vez que al ocurrente de turno se le dé extraordinariamente bien una volea, o un slide venenoso y preciso, o una derecha con top spin por afuera de la red que desafíe la física, los comentaristas lo adjetivarán, una y otra vez, como un “arrebato Federer”.

Y claro que en esta isla perdida hay sustancia también para los fetichistas de los números y las estadísticas. 310 semanas como número uno del mundo. 103 torneos ganados (solo superado por Jimmy Connors con 109). 20 Grand Slams: 8 Wimbledon, 5 US Open (seguidos), 6 Australian Open, 1 Rolland Garros. Campeón de Copa Davies. Medallista de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín en dobles junto a Stwan Wawrinka. 28 títulos de Masters 1000. 6 Copa Masters. Más de 1500 partidos.

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Y por supuesto, y aquí otra de las cualidades capitales de las leyendas, que en la isla perdida Federer hay cabida para los ajenos al tenis. El legado de su majestad, su misterio, su mística, va mucho más allá del césped inglés o el polvo de ladrillo parisino. Su figura sedujo, seduce y seducirá a todo aquel a quien estimule y asombre la belleza. La belleza que resulta cuando se funden la perfección técnica con la concentración plena. La belleza a la que solo llegan esos que, tocados por algún raro capricho de la evolución y del azar, reciben un don y luego entregan su vida a manifestarlo.

Y mientras lo manifiestan, mientras llenan de gracia y perplejidad y emoción las horas de todos los que los miramos a través de las pantallas, vuelan. Levitan. Se desdoblan. Se liberan. Haciéndonos creer, participándonos, en lo imposible.

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